Cuando hablamos de Microfinanzas, solemos pensar en microcrédito, pues es el producto más conocido dentro de los servicios financieros “micro”. Sin embargo, las microfinanzas abarcan una serie más amplia de servicios y productos financieros: ahorros, seguros, transferencias de dinero, etc. Se suele pensar también que lo que distingue a estos servicios es su pequeño monto o el hecho que sean ofrecidos por instituciones microfinancieras. Ello no es exacto, pues la denominación de “micro” viene otorgada porque los segmentos a los que se orientan estos servicios son los microempresarios y los sectores de menores recursos. Por ello, deben diseñarse y desarrollarse atendiendo a su entorno socio-económico, características y necesidades.
Las microfinanzas en nuestro país se iniciaron justamente recurriendo al “microahorro”, a través de las cooperativas creadas por los padres Makyknoll durante los años cincuenta. Con el padre el Daniel McLellan a la cabeza, éstas tenían como objetivo extraer las “minas más ricas del Perú”, una referencia a la costumbre difundida entre los pobres de guardar el dinero bajo el colchón. Sin embargo, desde aquella época poco se ha hecho en el desarrollo de productos de ahorro dirigidos a estos sectores.
Sabemos, por ejemplo, que las Cajas Municipales y Cajas Rurales multiplicaron casi diez veces sus depósitos entre los años 2000 y 2009, mientras que Mibanco lo hizo en casi 64 veces. Estos logros se alcanzaron, sin embrago, ampliando la base de depositantes entre las clases media y alta, no entre los pobres.
Un informe del BID del año 2008, señaló por ejemplo, que solo el 4.5% de los peruanos tenían una cuenta de ahorros en una institución del sistema financiero(*), la cifra más baja de la región. Pensando en el lado de la demanda, muchos pensarían que es imposible promover el ahorro en un país en vías de desarrollo y menos entre los más pobres, porque no tienen capacidad para generar excedentes. Sin embargo, esto no es cierto. El mismo estudio reportó que el 12.4% de los hogares había accedido al crédito (cifra que incluyen todos los microcréditos otorgados en estos últimos años), hecho que demostraría lo contrario, que sí se estarían generando recursos excedentes para cubrir los costos del crédito.
Por otro lado, si no existiese capacidad de ahorro entre los sectores de menores recursos, ¿cómo logran sobreponerse a las situaciones de vulnerabilidad económica a la que están permanentemente expuestos (desempleo, problemas de salud que les impide trabajar, catástrofes climáticas, etc.)?
Existen múltiples respuestas a esta interrogante: algunos acuden a préstamos de familiares, amigos o prestamistas; otros organizan “juntas” de amigos o vecinos, o ahorran en bienes (animales, semillas, instrumentos de trabajo). Sólo unos pocos reciben donaciones o subsidios de terceros. Como vemos, estas alternativas implican que existe capacidad de generación de excedentes, que incluso en el caso del ahorro en bienes, podría ser convertible en moneda para ser acumulado y aprovechado en futuras situaciones de vulnerabilidad económica.
Nos toca entonces preguntarnos si podría existir un componente cultural o educativo en la demanda, que hace que el peruano no ahorre. Un reciente estudio sobre el consumidor peruano, elaborado por una conocida consultora de marketing, señala que el 62% de los peruanos decía ahorrar bajo el colchón, llegando esta cifra a 65% en el caso de provincias. Este estudio nos mostraría que el peruano sí ahorra, pero no puede o prefiere hacerlo fuera del sistema financiero.
Queda entonces la gran tarea a las instituciones financieras de brindar el acceso a esta población que ahorra fuera del sistema.
Patricia Inga
(*) “Los de afuera” Informe de Progreso Económico y Social (IPES) 2008. Banco Interamericano de Desarrollo. Washington 2008.
(*) “Los de afuera” Informe de Progreso Económico y Social (IPES) 2008. Banco Interamericano de Desarrollo. Washington 2008.